miércoles, 9 de agosto de 2017

The living things


me encanta descubrir
en el paisaje de las rutas,
invernaderos.
quiero estar ahí
juego a adivinar qué cultivan.
lo deduzco por la zona,
por los carteles
y las formas de las casas cercanas.

me enamoro de las plantas,
los árboles, las flores
el olor del azahar,
de la lluvia cuando profundiza
la negrura de la tierra
que enciende el fuego
que circula al vegetal.
soy amante de los poros húmedos de los almácigos,
y las raíces traslúcidas.

en mi patio cuido suculentas
ayudo a las hojas a devenir madres.
todas tienen dentro
esa potencia.
igual que las semillas,
llevan el impulso
que las conduce de la mudez al rugido,
cuando su flujo verdoso
se excita con el viento
y por fin
brotan.

todas las mujeres vivimos
y nos apasionamos
como las hojas.
todas, como ellas, podemos parir
pero las suculentas
dan su vida
como un don,
al plantarlas podrá verse cómo
desprenden la raíz
que será germen y sostén
de una hija que ya fuerte
la verá morir.




Foto: Devin Lunsford.



María Belén Campero

Nací en Rosario en la primavera de 1978. Desde niña juego a que escribo y trabajo de ello. Estudié Filosofía para estar siempre en movimiento. La poesía y la música me hamacan. Soy investigadora y Dra. en Filosofía. Hace tres años –junto a Cosas Invisibles– ofrecemos talleres de Filosofía gratuitos con niños, jóvenes y adultos en diferentes bibliotecas y espacios públicos. Cuando estoy apurada me siento un rato y si no hay tiempo para nada bailo, siempre bailo e invito a bailar.

lunes, 31 de julio de 2017

Ese día

Lo extraño,
a ese que todavía, de cuando en cuando
me consultaba
y esperaba mi respuesta.
Quizás no lo sepa,
pero un día no preguntó más nada.

Confié poco en mí.
Me da miedo cuando pienso que eso,
a él, le gustaba.
Su palabra como orden capitana
y yo que me senté
en el último banco del aula durante años.

Fue al final,
cuando una mañana dijo
“te vas a arrepentir toda la vida”.
Pensé que nuestra hija y él
iban a morir juntos, ese día
y un vaso de whisky con agua,
explotó muy cerca de mi cara.
El vaso, las cosas, haciéndose eco de mí.

Lo ví como un niño
intentando hacerme volver,
y lo dejé de amar para siempre.

Amanecí fría como el cauce seco 
de un río esperando una corriente húmeda.
Me duelen tanto ahora mismo los motivos que no puedo repasarlos.
Me rehúso.

Quiero verlo llorar desconsolado para calmarlo
como esa tarde en que los diques no dieron abasto,
y no importó que nuestra hija nos tuviera miedo.
Hubiera detenido el tiempo en ese día,
aunque no creo haber sentido más dolor alguna vez.

¿Qué sentirá un pez cuyo captor lo devuelve al agua?
Alivio y dolor.
Dolía sí, pero estábamos en el agua.
Luego el pez enloquece y sale a tierra
se imposta

y vive como muerto. 

(PH: Roland Voros)


Laura Martín
Nací en 1978, en Buenos Aires. Estudié psicología porque me interesa tomar contacto con el padecimiento humano, el propio y el del otro. Trabajo en salud pública en una villa de la Ciudad de Buenos Aires. Empecé a escribir a mis doce años en la Olivetti de mi mamá, para hacer algo con la inundación que significó mi pubertad.  Luego por un largo tiempo no escribí y hace un año una nueva inundación reavivó mi deseo. Escribo intentando dar forma a las experiencias que me conmueven. Escribir es para mí rotundamente autobiográfico.

jueves, 27 de julio de 2017

Fotos


Distintas

Estuve en ese cuerpo cuando cargabas los años que ahora tengo. Me vale hablar nomás de la granja y las plumas de gallina revoloteando en los rincones, la matanza para sobrevivir a puchero. Dos críos y una por venir.
Soñé que eras joven y feliz, que bailabas en las aguas de un río con un hombre enamorado. 
Escribo esto para no quedarme sola, porque en ese miedo nos parecemos. También en la obsesión por el lugar de las cosas, el parpado caído, los ojos chiquitos e indefinidos y la espalda encorvada.
Escribo desde la incomodidad del espejo que tanto nos cuesta habitar. Como si pudiera evitar parecernos, como si te conociera más de lo que vos me conoces a mí.

Saladillo

Es cinco de marzo. Camino  al costado de ruta 205. Celebraríamos tu cumpleaños. El olor al pasar por una verdulería me trae esas madrugadas de trabajo en familia. Los cuerpos congelados empujando el Torino, las brazas en un tacho, el gato enroscado al cuello, el patio tapado de cajones. El olvido pierde la pulseada con los sentidos. Llego a la casa donde viviste y nada permanece igual. En la puerta hay un sauce, dudo si antes estaba ahí.
El impulso que me trajo hasta el pasado me dice que soy este barro bajo mis pies. Me dice que sos el Sanlamuerte que encontré andando, y el perro que ladra sólo en la esquina. Me pregunto a quién ves y si de refilón deseaste la muerte como yo te la deseé.
Una mano tendida como un arma que se queja aparece en una foto que no me permite esquivar la herida. Respiro un grito que no alivia cuando tu voz es ceniza. Esos restos son algo tuyo, viejo.
No lloro.  Este árbol que me sostiene, con un tronco joven pero fuerte, tiene la edad del tiempo sin vos.  Cierro los ojos, y aparecen imágenes como bocanadas de fuego.   Ahora la intemperie las despierta y las obliga a salir, como sueños, pero más descarnados.
Hay un último tono que se percibe en el cielo un segundo antes de llegar la noche –digo-  o ¿cómo traducirte un color?
Golpe de luz que lastimó la oscuridad.




Florencia Lo Re


Nací en Moreno, provincia de Buenos Aires. Escribir me ayuda a pensar, y fotografiar a recordar. Me pierden los días de lluvia, las librerías y los abrazos sinceros. 

lunes, 3 de julio de 2017



La Pampa

La primera vez que creí estar muerta
fue en La Pampa.
Íbamos en un auto azul platinado 
que tenían mis viejos.
Mi mamá nos enseñaba
a mi hermano, a mi papá
y a mí
sobre La Pampa húmeda
y La Pampa seca.
A la derecha 
y a la izquierda.
En un instante 
que miré su mano 
el ritmo del ripio 
cortó la charla
se detuvo el tiempo,
casi cuadro por cuadro
casi a cámara lenta
el auto azul platinado
se deslizó 
cruzó el asfalto 
y pafpafpaf                                                                                                                                                       silencio.
El silencio de La Pampa toda junta
¿Ya nos morimos?
pregunté.
La tierra 
más seca que húmeda 
en mi boca era 
el cosmos.
Escupí
de un lado 
y del otro
La Pampa
el desierto
la caída
y el accidente.



Todavía

¿Puede el mundo ser sutil cuando te veo respirar?
Inhalar y exhalar para permanecer acá
acostada y viva.
Giro la cabeza                  
y mis ojos se detienen en un rayo de sol
que entra por las hendiduras de la puerta.
Abuela
vi en tus ojos los míos
y amé ese momento
tan tuyo                  
tan entre la vida y la muerte.
Entre tu vida y mi muerte
entre tu muerte y mi vida.
Expandir el instante
dilatar el tiempo
en el que todavía
estás acá.
Pausas las respiraciones
casi imperceptibles
y enormes.
Fugamos a donde todo se abre.
Fugamos donde te veo morir.











Ana Laura Ossés
Nací el 28 de febrero de 1985 en La Plata.
Soy artista escénica, bailarina.  Me dedico al trabajo corporal como fuente de conocimiento y pensamiento.                    
Me gusta mucho permanecer abierta en el intento de escuchar el despliegue de sensaciones que pueden abrirse entre la danza y la escritura.

sábado, 24 de junio de 2017

La abuela

V
La abuela se operó del ojo, no quiere agachar la cabeza, ni mirar para abajo.
Camina despacio y dice la pucha que lo tiró, o la punta del muelle,
dice que vio:
árboles grandes, con muchas hojas
pájaros que pasaban
bichitos
cosas,
como una sombra.
Me cuenta que es la más grande que queda en el barrio, que una se murió, la otra está internada y no reconoce a nadie.
El hijo de la vecina de enfrente la saluda, hola Blanquita, me dice, ¿cómo anda? y yo le digo, hola, pero la madre, esa sí que es sinvergüenza.
La llevo de vuelta su casa, a Punta Alta, cuenta sobre los viajes a visitar a mi primo Sergio que vive hace 20 años afuera. El primo conoció Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, México y España. Muchas veces viajó sola a encontrarse con él. Me dice la última vez le dije que no iba a poder seguir viniendo, que ya no me daba el físico; y él se puso a llorar.
Intento mantener la vista en la ruta, ensayo alguna respuesta medio estúpida, sobre haber tenido la posibilidad de conocer tantos lugares.
Además, no quiero que me vea así, no quiero causarle dolor, porque sé que al le hace mal verme así, cada vez peor.  Me dice entre sollozos.
Me cuesta tragar saliva. La veo, sus piernas flaquitas y blancas, las manos arrugadas, está cada vez más chiquita. 
Vuelvo a mirar adelante porque sé que le hace mal verme llorar.
Se pasa la mano por la cara y me dice, el sábado que viene hacemos una torta húngara.

VI
Una vez mi abuela me contó que soñó con mi abuelo después del accidente,
él le decía que estaba todo bien.
Creo que fue su forma de poder seguir adelante.
Tenía cincuenta y siete años, nunca más estuvo en pareja.
Después del accidente nos venía a cuidar a Bahía, tiene que haber sido antes de empezar el jardín.
Por orden del médico tenía que caminar me dijo.
La imagen, 
ella y yo caminando por la plaza enfrente de casa, con el triciclo de asiento rojo.
A veces se acuerda y me dice que yo la hacía salir
y después ella tenía que cargar el triciclo porque no lo usaba.
Esa es la imagen, 
ella y yo de una  mano, en la otra el triciclo de asiento rojo, de espaldas.
Caminamos para el lado del monumento del centro, dejando la casa atrás, por los caminos arenosos;
hay sol, pero pasamos por debajo de la sombra de un árbol que ya no está.












Diego Enrique
Nací en Bahía Blanca en 1985, soy bailarín y profesor de Danza Contemporánea. Me interesa la investigación en artes escénicas, y el cruce con otras disciplinas; la escritura, la tecnología, el cine y la fotografía. Participo en la gestión y producción en diferentes proyectos y como intérprete en diferentes obras. 

jueves, 15 de junio de 2017

Come to my window


Como cuando atar sola las zapatillas
de color rosa viejo
me anunciaba algo a los 6 años
que aún no puedo descifrar,
como cuando soy suave
para no romper las manos
que no se mueven
en la dirección que quiero.
Ayer me lastimé
una parte de la mano nadando,
decidí no darle ningún significado.
Igual creo, es importante que lo mencione
porque tampoco veo como reparar
la ventana que rompí de un golpe
y todas las plantas
que se mueren de a una en casa.
Escribo un punto en una frase
como quien tira los guantes en una pelea
y eso que no sé de boxeo
excepto lo que me explicaba mi papá
no entiendo muy bien para que.
Como ver una puerta abierta y no salir
you can run from it and if its real
it will find you anyway
and if its real
it will catch you by the heel.
Como cuando digo algo de verdad.
Como la escena de la película Marmaids,
Cher bailando con Winona y Christina Ricci
que aunque eran madre e hijas
siempre pensé que eran hermanas
no importa, lo que importa
es que todos conocemos una clase de amor
que no sabemos explicar.
Y mentiría si no te digo
que de las plantas que maté
salieron pequeños brotes,
creo de tanto hablarles
algunas se agarraron a la tierra
y están aprendiendo a buscar la luz. 




Mariana Mamaní

Soy Mariana Mamaní. Nací en Jujuy pero vivo en Córdoba hace algunos años con Lola mi chihuahua y las plantas que gustan de sobrevivir. A veces a veces salgo a buscar fotos y escribo como un acto, como una apuesta frente a la ausencia.

lunes, 12 de junio de 2017

Identidad

Lo que antes no estaba
un día apareció
para aferrarse como la hiedra
que abraza al muro.
¿Ese día de febrero
había sol, estaba nublado, llovía?
No me fijé el clima
en los diarios de esa época.
Los titulares no decían demasiado
alguna noticia de fútbol
la guerra de Malvinas.

¿Hubiésemos caminado
descalzos por el pasto?
¿Hubiésemos mirado el sol
hasta quedar encandilados?
​​
Como el pinchazo filoso de esa rosa
aparece en el momento justo
para que recuerde su presencia y luego
vuelve a pasar desapercibida
durante días meses años.

¿La ausencia
puede ocupar tanto
espacio?

¿Recordamos sonidos
desde el momento en que
nacemos?

¿Podemos vivir
dos veces
en el mismo tiempo?

Huelo ese lugar
que tenías para que me acurruque
en una noche de tormenta.
¿Cuántos éramos? ¿dos tres diez?
o hubiésemos sido.

¿Nos hubiésemos sentado a tomar mate
en alguna mañana fría de invierno?
¿Dulce, amargo o con hierbas?
¿o a compartir una cerveza
en una noche veraniega plagada de mosquitos
bañados por el humo de la espiral violeta
puesta debajo de la mesa de jardín?

Hubiésemos

Hubiésemos es pasado
Hubiésemos no existe.

¿Estarás viva hoy?
¿Estarán vivos hoy?
¿Me estarás mirando ahora?
¿Me estarás buscando ahora?

Contame
Contame si el sol quemaba como hoy.



Andrés Alvarez

Nací en el '82. Soy fotógrafo, parte del Colectivx Veinticuatro/Tres. Desde hace poco intento crear imagenes a través de la escritura. Siempre del conurbano sur y el 2002 también me quedó marcado. Paso del Chango Spasiuk a Los Ángeles Azules pero sin olvidarme que Ricky (Espinosa) no se murió. Hace poco más de 8 años que aprendo a ser padre de una hermosa niña.
"Para todxs luz, para todxs todo. Para nosotrxs la alegre rebeldía"

Este poema acompaña a la serie fotográfica homónima que por el momento se encuentra en proceso.