miércoles, 13 de diciembre de 2017

La religiosa

4.
Papá agarra el bolso de karate
mi hermana se larga a llorar
la cara contra el mosquitero.
El bolso parece de viaje
como para ir a vivir a otro lado,
le repito que es de karate.
Papá atraviesa la puerta vaivén
si hubiera mirado para atrás
estaba la cara cuadriculada de mi hermana
que no sabe mentir.
Los padres de la familia
repiten los movimientos,
la herencia del cuerpo.

Nos preparamos con mi hermana porque a las doce van a pasar el video de la mano azul, blue savana song que es el puesto número uno. En el video todo el tiempo hay una mano azul que viaja por el mundo y toca el pecho y la cara de un chico rubio. La barra de jabón odex también es azul, saca la grasa que trae mi papá en las manos de estar con los motores, nos pintamos las manos con odex y damos vueltas por la manzana. Papá también trae barro y lo mete en la casa, el piso de cerámica beige es muy delicado y deja ver el barro que tiene la forma de la suela de las zapatillas. Barro redondeado, líneas finitas y gruesas que se desparraman como lombrices. Corremos con las manos azules que viajan y cantan, blue savana song, el desierto azul está cerca, hay que atravesar estas cuadras y ya llega, le digo a mi hermana. También hay unos ángeles dorados que el chico del video se pega en el cuerpo, ángeles bebé sobre un fondo blanco mientras el chico rubio baila y se corona con laureles como Jesús en la cruz, pero sin sufrimiento, todos bailan y patean hojas secas. Mientras, las manos pintan todo y ya no queda nada que no sea azul.
Ayer Betsabet nos pidió que vayamos al fondo, a la huerta. Que estamos ruidosos, faltando el respeto y que necesitamos contemplar, así dijo, la naturaleza, las plantas que crecen ante nuestros ojos. Cuando comenzamos a caminar para la huerta me acerqué y le pregunté qué era contemplar. Observar con atención, con tanta atención que ese mismo acto pueda templar el espíritu, volverlo manso, así dijo. No contesté nada, entendí que tenía que mirar hasta domarme, mirar la huerta y nada más, el crecimiento, el tiempo que pasa y así ya llega fin de año y los actos. Las maestras se pintan los labios y dejan una marquita de beso en el cachete, se leen palabras que nos alientan a seguir, las hermanas no participan, se quedan al costado mirando. Me parece que tanta esperanza las abruma. Betsabet resalta del grupo de hermanitas, nos mira ensoñada y sonríe, brillante.   

(Fragmento de La religiosa, serie en proceso)


Ph: Aaron Canipe

Silvina Bernabé
Licenciada y Profesora en Artes (UBA). Nació en Berazategui, muy cerca de la ruta 2 y desde chica comenzó a estudiar teatro porque se aburría en la escuela. Sueña con viajar bien al norte en temporada de auroras boreales y pedir un deseo.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Aprendizaje

Apenas la dejé sentada sobre las piedras de la playa, manoteó una chiquita, que cabía toda en su mano. Las piernas, al borde del agua fría.
Unos metros más allá esas piedras se perdían en el fondo, que por transparente viraba al azul profundo.
El peso de su cabeza la bamboleaba y le hacía perder el equilibrio. Puse la palma de mi mano en su espalda para que no cayera hacia atrás. La inestabilidad seguía. Entonces apoyé mi otra mano sobre sus piernitas, sosteniéndolas pegadas al piso. Ahí sentí que ella descubría el control de su músculo abdominal y quedaba erguida. Y yo, que podía sacar la mano que custodiaba su espalda.


Así, en un instante, aprendimos que ya era hora de sentarnos a la par. Solo para mirar el lago.


Era Febrero de 2017 y Giovanna, de ocho meses de edad, pasaba sus primeras vacaciones. Fue en Meliquina, en tierras donde vivió Valentín Sayhueque, el último gran Lonko de los Huiliches.



Ph. Luca Tombolini


Miguel Politi
Sigo buscando las formas y los modos. La búsqueda de la palabra es la tarea. Sigo el curso en una nave que me ofrece el desafío.
Más acá del horizonte, está el placer del viaje.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Isla de pájaros

el mundo de los pájaros
es, sobre todo audible

trazan un territorio
imposible de medir
en distancias
que se esconden a la vista
como los pájaros y los animales en la isla,
trazan los territorios
que a nosotros, humanos
se nos escapan
porque necesitamos ver
para conquistar
que es lo mismo, que decir, para creer
en cambio
si dijéramos
para ser parte
deberíamos pronunciar la palabra,
escuchar
y la escucha no conquista
no se apropia
no mata
en todo caso
resiste la vida
de las especies que vuelan
o se arrastran
o andan
sin la intención de matar porque sí

la escucha también puede salvar,
como el pájaro
que logra encontrar la corriente del viento
que lo transporta, planeando sobre el río,
leve y urgente como una ambulancia
para llegar a ese sitio preciso
del grito
en la distancia
imposible de calcular,
el grito
que puede ser
un llamado
o un pedido.

un canto para llamar
a quien necesitamos cerca
eso sucede
en el territorio
donde habitan los pájaros
o las especies que vuelan
que no tienen el límite de los ojos
para estar sensibles a las otras vidas
de la isla


esa otra margen del río,
territorio de lo inmenso
donde habita lo que se esconde.



Foto: Julia Tatarchenko


Federico Cappadoro
Nací en 1983, pero recién hace unos meses empecé a asistir al taller de escritura "El otro lado de las cosas", donde me divierto y disfruto de la literatura que allí nace y se disemina semana a semana. 

lunes, 6 de noviembre de 2017

Carta de amor

Cada domingo cuando bajaba al patio y me esperabas con un ramo de rúcula me daba cuenta. O quizás era al revés, da lo mismo. Todavía me acuerdo de tu mirada fija en mí la primera noche y la pielcita levantada de tus dedos. También de algunos olores, el del Citroën, el del piso de madera y ese perfume de mujer que usabas. Lo agudo de tu risa.
El olor a marihuana y el mareo del tocadiscos. De vos me quedaron todas las dudas.
¿De mí que te queda, mis noches de llanto, mis hombres secundarios?

¿Te acordás de la mañana del caballo comiendo pasto? ¡Abrimos los postigos y estaba ahí! Tenía tus mismos colores. ¿Y cuándo hicimos el amor con la película de Sandro de fondo?
El día que bailamos el vals de los Clash. Por favor, acordáte de eso. Acordáte de mí en la playa con el viento entre los rulos, de mí cruzando en tu esquina con el vestido a rayas; acordáte del día en que te besé feliz porque me regalaste un árbol origami hecho de partituras, era mi cumpleaños. Acordáte de cómo entraba el sol la primera vez que estuvimos cerca. De cómo me gustaba eso de las cuatro cucharadas de café y todo leche. De cómo no pudimos ocultarnos más de tu mamá cuando se murió Néstor Kirchner.

No te olvides de mí besándote, acurrucándome en vos abajo del acolchado blanco de lana.
De cuando me dijiste que querías mis hijos pero que me querías a mí. No te olvides. Pensá en mí cuando vuelvas a freír una flor de zapallo, cuando una mariposa parezca quebrarse o cuando te tires en el piso fresco de la galería.

Si querés saberlo, yo pienso en vos cuando escucho un bolero, cuando el agua se hunde en el saquito de té, cuando me pongo mi camisón con la lengua de los Stones. Pienso en vos cuando veo una madera clavada en la tierra y cuando el tono de un rojo es igual al del Campari. Cuando apago el televisor también. Siempre en cctubre y en navidad pero, sinceramente, no me acuerdo tu fecha de cumpleaños.



Foto: Kamil Bialus


Manuela Rímoli
Nació en Campana un 24 de Diciembre de 1990. En variación constante canta cada vez que su espíritu pide soltarse. Ahora busca contradicciones y coincidencias escribiendo. 

jueves, 28 de septiembre de 2017

La vida como era

Big Bang

Cercar con bambúes medianos
la fortaleza de selva.
Encender los punticos de luz
aunque no sea tiempo de navidad.
Cerrar el cristal,
y acurrucarse ahí
hasta que la dureza
se agote.
Si es necesario,
cerrar los ojos
y recordar
el punto diminuto
y caliente
del que nació todo.
El dios detrás
de la belleza
del Big Bang.
Abandonar
cada certeza
y quedarse
con alguna mentira
que te vuelva
mínima,
fácil de empujar.



Confianza

No se necesita todo el sol para
ver las telarañas como cristales.  
Apenas un brote que ronde
las copas de los eucaliptos.
Tampoco paciencia
para que los pasos
levanten hojas que vuelen,
insectos del color de la tierra.
Sí, una porción de día,
una claridad de un minuto
que enseñe el pobre reflejo del miedo
y ese gesto mínimo
que puede volverlo
musgo, hormiga,
libélula azul azul.


Foto de Juli Gómez


Manuela Gómez 
Nació en 1985 en Medellín, Colombia. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

Los gatos son ahora

Mi gato se acomoda en la alfombrita del baño mientras me ducho, y espera ahí hasta que termino. Se ha hecho más paciente, al principio empezaba a maullar si tardaba mucho. Un día se cortó la luz en el medio de mi ducha, entonces me apresuré y salí, sabía que estaba su presencia segura allí. Cuando mis ojos se acostumbraron, ayudados por la luz que entraba por la ventana chiquita, me senté a esperar. Y como solía hacer antes, él se subió a mis piernas, y se acomodó. Se hizo un bollito ahí, y nos quedamos sentados ambos esperando que volviera la luz. Él se lamió, como preparándose para una siesta, y lamió mi brazo húmedo, no sé si como demostración de cariño, o para secarme. Allí estábamos, sentados en el inodoro, yo cubierta con una toalla, el acostado en mi regazo, húmedo por su baño y por el mío. La poca luz que entra por la ventana me deja ver algunos cuadrados de los cerámicos. Espero. No hay luz, ¿qué podemos hacer cuándo se corta la electricidad? Pienso en que estamos tan acostumbrados, tan dependientes. ¿Qué harían en otra época? Prender el fuego, alguna lámpara con combustible o velas, y hacer lo mínimo necesario.
Mi gatito me obliga a detenerme, con luz o sin ella, él no conoce de obligaciones, sólo de deseos. Y si él quiere acostarse sobre mí no le interesa si yo tengo cosas que hacer, o siento la obligación de hacer cosas. Para los gatos es ahora. Entonces se sube arriba mío, y me quiere decir, ahora, ahora quiero estar con vos, ahora quiero que me mimes, y no importa otra cosa. O empuja mi celular, ey, mirame, necesito tus dos ojos sobre mí, al igual que las dos manos. Necesito toda tu atención sobre mí, yo soy más importante me dice, acá y ahora.
A oscuras y con mi gato, es el momento del ahora, y sólo me quedo en la espera, siento sus cálidos ronroneos y miro el rayo de luz que cruza el aire.



Ph: Stanley Bloom

Lilen Yema

Nací en Neuquén, me crié en ese semidesierto; después me mudé a La Plata, la ciudad de las diagonales y la humedad, para estudiar Biología. Ahora vivo en Buenos Aires, por elección propia.
Como bióloga se nace, no sólo se hace, siempre me gustó la naturaleza y entender como funcionan las cosas. Leo y escribo desde chica, pero este año decidí que era momento de hacerle un lugar, que no todo sea investigación y cianobacterias, y ahí encontré este maravilloso espacio que es el taller.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Dos poemas

UM DIA A GENTE SE ENCONTRA

En enero
el sol de Bahía Blanca
podría partir al medio un tractor
a las tres de la tarde.
¿Qué hacías vos
a la vuelta de casa
para pasar la siesta?
Yo me bañaba
una
dos
tres veces.
Salía al patio
mojaba la veredita, me tiraba encima
hacía gárgaras con el chorro de la manguera.
¿En qué ciudad estarás ahora
a las tres de la tarde?
No quiero irme, dije esa mañana
no sin vos, era la otra parte
pero tenía que pronunciarse a su debido momento
Tal vez
en el brazo del río
en las estaciones de micro
o en los baños de luna que nunca tomamos.

LOS DÍAS

Ahora todo tiene el mismo color
tu cara cuando despertás a la mañana
tu pecho, cuando caminamos.
Arriba
el cielo pinta a toda velocidad
un oleo de nubes
que son así también.
Te alejes o no
hasta las gotas de lluvia se oscurecen
¿Cómo se volvió todo
tan azul?



Ph: Julie Jones


BIO
FLORENCIA VISSANI
Nació el 1 de enero de 1989, en Bahía Blanca. Es profesora y licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA). 
En 2017 tomó un vuelo directo de Ciudad Autónoma de Buenos Aires a General Daniel Cerri, aterrizó sin pista y se quedó. 

miércoles, 30 de agosto de 2017

Agosto 1996

El despertador sonó tres veces hoy, a las 7, a las 8 y a las 9 y 5. Me levanté, busqué la toalla azul y entré al baño. Mi mamá me dijo al pasar que una de las perillas de la ducha estaba funcionando mal, que tenga cuidado, así que presté atención a eso.
Salí de bañarme, me cambié y me senté en la mesa a desayunar.
Por la ventana se veía el día soleado y Ricarda parada en dos patas apoyada en la pared de la reja, supongo yo que trataba de llamar la atención de una nena que estaba en el kiosco de enfrente.
"El 16 de agosto se cumplen 21 años del incendio que casi nos deja sin casa" dice mamá. Y Walter que también estaba ahí, empieza a recordar los momentos de ese día con ella.
Yo tenía ocho años y hacia 5 meses había fallecido mi papá. Estaba en tercer grado y fue el año que mas me costó en el colegio porque ya lo empecé con esa pérdida, lo que me hizo ser una nena tímida, varias veces citaron a mi mamá por eso y le decían que yo no participaba en clase. Tampoco hablaba con mis compañeros.
Era viernes y había sol. Me recuerdo feliz ese día porque después de dos largos meses pude retirar de la biblioteca de la escuela el libro que quería hace un montón y siempre estaba prestado.
Dailan Kifki de María Elena Walsh. Un día la maestra lo leyó en clase y me enamoré por completo.
La felicidad que tuve ese día no tiene nombre ” voy a estar todo el fin de semana leyéndolo en el patio” pensaba.  A eso de las 3 y media de la tarde se empezaron a escuchar ruidos de bombas, tiros, truenos, no sé bien que era pero las maestras no nos dejaban salir del salón.
El día se empezó a poner gris.
De a poco fueron llegando los padres que venían a retirar a sus hijos temprano del colegio. Asustados decían que se los llevaban porque no sabían que iba a pasar. Yo no entendía nada de lo que hablaban y tampoco por qué no me venían a buscar a mi también. ¿No habrán escuchado las bombas? Me preguntaba, ¿le habrá pasado algo a la abuela?. Mi abuela estaba enferma y un poco me preocupé. El ruido dejó de escucharse y se empezó a ver el cielo de nuevo. Ya eran casi las 5 de la tarde y mi hermana vino a buscarme por fin. En el camino le reproché que no me haya venido a buscar antes y fue ahí cuando me dijo que no pudo. Después me distraje viendo la cuadra de mi casa cortada con cintas que decían peligro y un montón de camiones rojos. Quise pasar y un bombero me frenó diciendo que no se podía, mi hermana le dijo que yo también vivía ahí y nos levantó la cinta para que pasemos. Mi casa estaba intacta con algunos agujeros en el techo, el piso todo mojado, el galpón de al lado ya no existía y la casa de mi tío tampoco.
No vi a mi mamá ni a mi abuela, tampoco a mi hermano que ese día había faltado al colegio, solo me encontré con un montón de periodistas de televisión en el patio. Ahí me dijeron que todos se habían ido a la casa de mi tío, de otro tío, y que yo también tenía que ir. Me subieron al auto y me llevaron. Dormimos ahi dos noches que a mí personalmente me parecieron eternas.
El viernes 16 de agosto del 96, a eso de las 3 y cuarto de la tarde empezó a explotar el galpón de garrafas que funcionaba al lado de mi casa. Una pérdida de gas provocó la explosión que se llevó a tres personas, el galpón entero y la casa de mi tío.
La mía se salvó porque el gas estaba cerrado y todas las puertas y ventanas abiertas dijeron los bomberos. Igual, yo prefería creer en ese momento que mi papá estuvo sosteniendo la casa para que no le pasara nada.
El lunes volví al colegio y a la hora del primer recreo fui hasta la biblioteca y devolví el libro de Dailan Kifki.





Julieta Galván
Nací un 28 de octubre y soy muy escorpiana. 
Tengo 29 años casi 30 y una gata llamada Ricarda que me acompaña en cada texto.
Desde chica me gusta la escritura, escribía diarios en mi infancia y adolescencia sobre los amores que no fueron.
Soy fotógrafa trabajando en una biblioteca universitaria.
Me gusta hacerme preguntas a mi misma para encontrar respuestas que me lleven a conocerme a fondo. 
Actualmente escribo porque intento darle una forma nueva a mis recuerdos transformándolos en palabras.

martes, 22 de agosto de 2017

Villa Hipódromo

Cardo ruso

En el camino de la merced vimos crecer
durante el verano todo tipo de yuyos sin nombre.
Los preferidos, en el otoño se volvieron rojos.
Después fueron naranjeando
y brillaban al atardecer.
Cuando cayeron las primeras heladas
se hicieron de plata las ramas.

¡Siempre el más llamativo,
yuyo que se volvió leñoso en el invierno!
Alumbrados por los faros del auto,
volviendo una noche a la casa,
descubrimos su forma redonda, ahuecada.


Los vientos
hicieron lo suyo
arrancando de la tierra
a las bolas de ramas secas
que rodaron por las curvas del olivar
esquivando autos, lechuzas, eucaliptos
y se prendieron al cerco del hipódromo.

Algunos levantaron un vuelo rasante
para llegar al alambrado
y quedar suspendidos,
otros se agruparon y ahora
forman nidos entre los punos.

Uno entero y redondo
hueco como cascabel
rodó hasta la puerta de casa,
llegó al buzón
para dejarnos un mensaje
hecho de ramas y polvillo:
soy un cardo ruso.


Indiada

Al costado de la ruta
corren dos perros
uno blanco y uno negro.

Más adelante
otro par idéntico
saltan y muestran los dientes al aire.

Me pregunto si
los segundos son un recuerdo
de los primeros
o si son una repetición caprichosa
un ostinato que acompaña al camino.

¿Cuántos pares más voy a contar?

Antes de llegar a la loma,
sobre la banquina derecha,
un perro negro muerto.

Su cabeza está apoyada en el pavimento
las patas desarticuladas
la mirada fija en las ruedas
de cada auto que pasa
la boca entreabierta
por donde ladró con vapor el último aullido.

Imagino
cargarlo en el baúl del auto,
los dos embarrados,
por la lluvia
que viene cayendo toda la mañana
y ahora no puede parar.

Quisiera llevarlo a algún lugar
para darle santa sepultura.




Leticia Aiello
Nací en Rosario en 1979, y vivo en Bahía Blanca desde el 2002. Recuerdo de la infancia las tardes lluviosas viendo diapositivas del viaje que hizo mi papá a Europa en los sesenta, también otras tardes con mi tía escuchando cassettes de música clásica, tiradas en la alfombra de su habitación. A los once decidí que quería estudiar música, hoy mi oficio es la orquesta sinfónica. Pasados los veinte, recuperé la cámara de mi papá y empecé a hacer fotos. 
Siempre me gustó escribir. estoy intentando darle espacio a la escritura.

miércoles, 9 de agosto de 2017

The living things


me encanta descubrir
en el paisaje de las rutas,
invernaderos.
quiero estar ahí
juego a adivinar qué cultivan.
lo deduzco por la zona,
por los carteles
y las formas de las casas cercanas.

me enamoro de las plantas,
los árboles, las flores
el olor del azahar,
de la lluvia cuando profundiza
la negrura de la tierra
que enciende el fuego
que circula al vegetal.
soy amante de los poros húmedos de los almácigos,
y las raíces traslúcidas.

en mi patio cuido suculentas
ayudo a las hojas a devenir madres.
todas tienen dentro
esa potencia.
igual que las semillas,
llevan el impulso
que las conduce de la mudez al rugido,
cuando su flujo verdoso
se excita con el viento
y por fin
brotan.

todas las mujeres vivimos
y nos apasionamos
como las hojas.
todas, como ellas, podemos parir
pero las suculentas
dan su vida
como un don,
al plantarlas podrá verse cómo
desprenden la raíz
que será germen y sostén
de una hija que ya fuerte
la verá morir.




Foto: Devin Lunsford.



María Belén Campero

Nací en Rosario en la primavera de 1978. Desde niña juego a que escribo y trabajo de ello. Estudié Filosofía para estar siempre en movimiento. La poesía y la música me hamacan. Soy investigadora y Dra. en Filosofía. Hace tres años –junto a Cosas Invisibles– ofrecemos talleres de Filosofía gratuitos con niños, jóvenes y adultos en diferentes bibliotecas y espacios públicos. Cuando estoy apurada me siento un rato y si no hay tiempo para nada bailo, siempre bailo e invito a bailar.

lunes, 31 de julio de 2017

Ese día

Lo extraño,
a ese que todavía, de cuando en cuando
me consultaba
y esperaba mi respuesta.
Quizás no lo sepa,
pero un día no preguntó más nada.

Confié poco en mí.
Me da miedo cuando pienso que eso,
a él, le gustaba.
Su palabra como orden capitana
y yo que me senté
en el último banco del aula durante años.

Fue al final,
cuando una mañana dijo
“te vas a arrepentir toda la vida”.
Pensé que nuestra hija y él
iban a morir juntos, ese día
y un vaso de whisky con agua,
explotó muy cerca de mi cara.
El vaso, las cosas, haciéndose eco de mí.

Lo ví como un niño
intentando hacerme volver,
y lo dejé de amar para siempre.

Amanecí fría como el cauce seco 
de un río esperando una corriente húmeda.
Me duelen tanto ahora mismo los motivos que no puedo repasarlos.
Me rehúso.

Quiero verlo llorar desconsolado para calmarlo
como esa tarde en que los diques no dieron abasto,
y no importó que nuestra hija nos tuviera miedo.
Hubiera detenido el tiempo en ese día,
aunque no creo haber sentido más dolor alguna vez.

¿Qué sentirá un pez cuyo captor lo devuelve al agua?
Alivio y dolor.
Dolía sí, pero estábamos en el agua.
Luego el pez enloquece y sale a tierra
se imposta

y vive como muerto. 

(PH: Roland Voros)


Laura Martín
Nací en 1978, en Buenos Aires. Estudié psicología porque me interesa tomar contacto con el padecimiento humano, el propio y el del otro. Trabajo en salud pública en una villa de la Ciudad de Buenos Aires. Empecé a escribir a mis doce años en la Olivetti de mi mamá, para hacer algo con la inundación que significó mi pubertad.  Luego por un largo tiempo no escribí y hace un año una nueva inundación reavivó mi deseo. Escribo intentando dar forma a las experiencias que me conmueven. Escribir es para mí rotundamente autobiográfico.

jueves, 27 de julio de 2017

Fotos


Distintas

Estuve en ese cuerpo cuando cargabas los años que ahora tengo. Me vale hablar nomás de la granja y las plumas de gallina revoloteando en los rincones, la matanza para sobrevivir a puchero. Dos críos y una por venir.
Soñé que eras joven y feliz, que bailabas en las aguas de un río con un hombre enamorado. 
Escribo esto para no quedarme sola, porque en ese miedo nos parecemos. También en la obsesión por el lugar de las cosas, el parpado caído, los ojos chiquitos e indefinidos y la espalda encorvada.
Escribo desde la incomodidad del espejo que tanto nos cuesta habitar. Como si pudiera evitar parecernos, como si te conociera más de lo que vos me conoces a mí.

Saladillo

Es cinco de marzo. Camino  al costado de ruta 205. Celebraríamos tu cumpleaños. El olor al pasar por una verdulería me trae esas madrugadas de trabajo en familia. Los cuerpos congelados empujando el Torino, las brazas en un tacho, el gato enroscado al cuello, el patio tapado de cajones. El olvido pierde la pulseada con los sentidos. Llego a la casa donde viviste y nada permanece igual. En la puerta hay un sauce, dudo si antes estaba ahí.
El impulso que me trajo hasta el pasado me dice que soy este barro bajo mis pies. Me dice que sos el Sanlamuerte que encontré andando, y el perro que ladra sólo en la esquina. Me pregunto a quién ves y si de refilón deseaste la muerte como yo te la deseé.
Una mano tendida como un arma que se queja aparece en una foto que no me permite esquivar la herida. Respiro un grito que no alivia cuando tu voz es ceniza. Esos restos son algo tuyo, viejo.
No lloro.  Este árbol que me sostiene, con un tronco joven pero fuerte, tiene la edad del tiempo sin vos.  Cierro los ojos, y aparecen imágenes como bocanadas de fuego.   Ahora la intemperie las despierta y las obliga a salir, como sueños, pero más descarnados.
Hay un último tono que se percibe en el cielo un segundo antes de llegar la noche –digo-  o ¿cómo traducirte un color?
Golpe de luz que lastimó la oscuridad.




Florencia Lo Re


Nací en Moreno, provincia de Buenos Aires. Escribir me ayuda a pensar, y fotografiar a recordar. Me pierden los días de lluvia, las librerías y los abrazos sinceros.